56. Jahrgang Nr. 3 / Mai 2026
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1. Autobiografía de Monseñor P. M. Ngô-dinh-Thuc - Prologo
2. Autobiografia I
3. Autobiografia II
4. Autobiografia III
5. Autobiografia IV
6. Apendice I - Autobiografia breve
7. Apendice II - Documentos
Autobiografia IV
 
El Concilio Vaticano II fue convocado por iniciativa de Juan XXIII, con el sobrenombre de „el bueno“, pero en mi humilde opinión este Papa muy pío y muy santo, era un débil. Él reconoció este fallo de su carácter. A él se podrían aplicar las palabras: „Video meliora, deteriora sequor“, „quise lo mejor e hice lo peor.“

Juan XIII quería un renacimiento de la Iglesia y tenía un hermoso programa para ello. Pero, ¡ay!, no pudo resistir a los hombres de la Iglesia que querían modernizar la Iglesia de Cristo con ayuda del mundo moderno, el „in malo positus“, que se ha vuelto al mal. Pues estamos en la generación que precede al „fin del mundo“, donde se librará la última batalla entre Satán y Dios: la batalla decisiva que, después de algunos vuelcos del destino, terminará con la derrota de Lucifer y el triunfo final de Cristo, con el Juicio Final.

Satán tenía como armada al comunismo ateo. El comunismo del judío Karl Marx es exteriormente seductor: quiere el bien del pueblo, una justicia mayor y distributiva, quiere destruir el capitalismo sin Dios, en el que el único objetivo es la ganancia del individuo con la explotación de los trabajadores, de los obreros. Eso es laudable. Pero su fin no va más allá de eso: la felicidad, el Paraíso en este mundo. Para él no existe el cielo. Para él, la religión es sólo el opio del pueblo, para entumecerlo, del pueblo al que los capitalistas hacen trabajar para llenar las arcas, conforme al modelo de los perros de caza a quienes se mantiene para conseguir caza. Es por tanto el descendiente directo de los filósofos de la ilustración con Voltaire a la cabeza. Así pues, el lema era: „Ecrasons (sic!) l‘infâme“: „destruyamos al infame, a la Iglesia católica, a Jesucristo“.

Ciertamente, la Iglesia de Cristo, en la persona de algunos de sus superiores, de algunos Papas, se ha apoyado en los poderosos, en los ricos, creyendo encontrar ahí ayuda para el triunfo de la Iglesia.

Estos Papas no han entendido la estrategia de Jesucristo: bienaventurados los pobres de espíritu, bienaventurados los que sufren persecución. La Iglesia avanza con la cruz, y no con el dólar.

El Vaticano II tendría que haber comenzado recordando este principio: al triunfo con la cruz, al triunfo con el martirio. Así pues, fuera con el comunismo sin Dios, o mejor, contra Dios. El Paraíso del comunismo es lo mismo que el del capitalismo: un Paraíso terreno.

El trabajo que Dios creador ha impuesto al hombre es para el desarrollo, para el perfeccionamiento de sus capacidades intelectuales, sobrenaturales y corporales, y no para el único fin de llenarse la barriga. El Vaticano II parece tener el mismo objetivo que el comunismo: la felicidad temporal del hombre. Por eso se llegó al siguiente escándalo: prohibición del más pequeño ataque al comunismo. De ahí el dogma de la „bondad natural de todo tipo de fe“. De ahí el triunfo del axioma protestante de libertad de pensamiento y equivalencia de todas las opiniones religiosas. De ahí el esfuerzo por hacer más fácil la religión católica, decretando la inocencia para aquellos ordenados que ya no rezaban el breviario ni hacían ya ninguna meditación. La redacción de una misa común para católicos y protestantes, los primeros seguidores de la doctrina de la transsubstanciación y los segundos sin creer en ella, sino afirmando que la misa es sólo una conmemoración de la Última Cena, es decir, que no es un „Mysterium fidei“.

El Vaticano II no se atrevió a prohibir la misa en latín, el idioma común de la cristiandad, sobre todo en la parte central de la misa, el canon, pero permitió el uso del idioma de cada país para las otras partes, supuestamente para que los creyentes pudieran oír y comprender mejor la misa. Pero ahí se olvidaron de que los creyentes pueden seguir muy bien la misa que el celebrante da en latín con ayuda de un misal bilingüe. En la „nueva misa de Bugnini“, de mutuo acuerdo con los protestantes, sobre todo con los monjes protestantes de Taizé, que son los patriarcas de la Iglesia moderna, se ha suprimido el idioma oficial de la Iglesia latino-católica, que es además la lengua diplomática en Europa [el latín fue lengua diplomática en Europa hasta la Paz de Westfalia en 1648; desde entonces, fue el francés].
Se creía que esta concesión del Vaticano II a nuestros hermanos separados traería a los protestantes a nosotros. Pero no se produjo un regreso al catolicismo, sino que esta abreviación de las oraciones, de la meditación, esta preferencia por la acción, ha causado de muchos modos el abandono del sacerdocio: ¡cuántos matrimonios de sacerdotes y religiosos se celebran, cuántas monjas abandonan el convento! ¡Ya no hay vocaciones! Ni para el seminario ni para las órdenes. Sucesión la hay sólo en las órdenes que fueron estrictas y permanecieron fieles a sus antiguas reglas.

Las iglesias se vacían. La nueva misa, en la que el sacerdote ya sólo es el presidente de la reunión, y ya no el único que sacrifica, tiene cada vez menos asistentes. Cada país tiene su propia misa que se ajusta a la mentalidad de su pueblo: los japoneses se sientan sobre los talones en torno a una estera como altar. En lugar del monumental crucifijo que preside nuestras antiguas iglesias, hay una cruz pequeñita sobre una pequeña mesa que hace de altar, sin piedra de ara. La misa se despacha en veinte minutos. Los pocos comulgantes comulgan de pie y no de rodillas, reciben la hostia en la mano y luego la mastican como un caramelo, en lugar de recibirla con la lengua. La confesión de oído ya no está de moda, uno se conforma con el confiteor de la misa a pesar de las advertencias de la Santa Congregación para la Propagación de la Fe. El sacerdote celebra la misa de espaldas al tabernáculo.

Ahora se entiende la revuelta de Monseñor Lefebvre, el triunfo de su seminario en Ecône y la multiplicación de sus prioratos en Francia y en otras partes, y el malestar en todos los países de Europa y América. El futuro de la Iglesia está amenazado por la falta de vocaciones. El marxismo triunfa en todas partes. África es atacada por los cubanos de Castro. Sudamérica, donde antes reinaba sin discusión la religión católica, está escindida por la lucha entre tradicionalistas y partidarios del Vaticano II. La Rusia soviética es activa en todas partes, su flota es la más fuerte del mundo, su presupuesto militar supera al de los Estados Unidos. Se inmiscuye en África, en Suramérica, en todas partes, incluso en el Vaticano, donde Pablo VI, a pesar de tantas decepciones en su política, sigue con la mano tendida a los comunistas.
Lo que se acaba de decir permite comprender mi papel en el Concilio: mis pocas intervenciones tuvieron como objetivo defender a la Iglesia de Cristo frente a los ataques modernistas, frente a la degradación de la Iglesia a cargo del partido modernista bien organizado bajo la dirección de Suenens y de otros prelados como Marty, el actual arzobispo de París. También tengo que añadir que la mayoría de los padres conciliares, sobre todo de Norteamérica, no entendía bien el latín, el idioma oficial y obligatorio del Concilio. La mayor parte de los debates conciliares se la pasaron en los dos cafés instalados en San Pedro, bebiendo café o coca-cola, y sólo volvían a la hora de votar en el aula del Concilio, sin saber bien sobre qué tenían que votar. Votaban al azar, unas veces con SÍ y otras con NO (para variar, como decían), y estos votos se consideraban oficialmente „inspirados por el Espíritu Santo“, y se contaban para ver cuál era la „mayoría“. Vi a otros padres –muy pocos– que no iban a los cafés a llamar al Espíritu Santo, sino que se quedaban en sus asientos rezando el rosario y luego le preguntaban al vecino qué era lo que tenían que votar.

En el Concilio se tendría que haber introducido la innovación de las traducciones simultáneas, sobre todo al inglés o al francés, para que todos supieran de qué se trataba, para poder votar en conciencia y cumplir el papel de padre conciliar con conocimiento pleno. Todos vieron cómo un cardenal americano, tras un par de sesiones, abandonaba el Concilio y regresaba a América. Dijo que su presencia en el Concilio era menos útil que regresar a la patria del dólar para recoger ahí dinero, porque el Concilio costaba mucho dinero a la Santa Sede a causa de las instalaciones alquiladas en la Basílica de San Pedro durante toda la duración del Concilio. Y las cantinas exigían gastos enormes.

En el Concilio se vieron también muchos cambios de opinión. Prelados que al comienzo eran tradicionalistas encarnados, después de un par de sesiones se hacían modernistas, en cuanto veían que Pablo VI (que no estaba en el Concilio, supuestamente para mostrar que no quería influir en las opiniones de los padres, pero que seguía los debates por radio) estaba a favor de los modernistas. Así que cambiaron de partido, para no ser descartados más tarde para los altos ministerios eclesiásticos y sobre todo para el solideo púrpura de la dignidad cardenalicia. Así hizo por ejemplo el secretario de la Santa Congregación del Index, hoy Congregación para la Propagación de la Fe, que traicionó a su superior, el venerado cardenal Ottaviani, para seguir a Suenens.

La revisión de los votos y las intervenciones de los padres conciliares, que están guardadas en los archivos del Vaticano, confirmarían mis afirmaciones. No hemos de asombrarnos de este estado de cosas. Los Concilios anteriores habían mostrado los mismos fenómenos. Un Atanasio luchó casi solo por la fe recta, y tuvo que emplear una energía y una paciencia inmensas para obtener una mayoría. Sólo que, en su época, eran unos cientos de padres conciliares, mientras que el Vaticano II contó con más de 2.000 participantes. Los obispos se escogieron menos a causa de sus conocimientos teológicos que merced a su destreza y sus relaciones con los nuncios y los delegados apostólicos, que indican a los dicastéricos romanos los sucesores para las sedes episcopales vacantes.

Mi presencia en el Concilio lejos de Vietnam me salvó la vida. De lo contrario, me habrían asesinado como a mis tres hermanos, el presidente Diêm, Nhu y Cân. Pues mientras mis colegas de Vietnam del Sur regresaban a Vietnam al término del Concilio, los americanos forzaron al gobierno de Vietnam del Sur a que me negara el visado para el regreso. Sin decirlo abiertamente, pues no había motivos para negarme este regreso: la embajada vietnamita me pidió que tuviera paciencia mientras se ponía en contacto con el gobierno de Saigón. Esperé algunos meses y pedí ayuda al Santo Padre, par que me diera este permiso para regresar.
No sé qué hizo el Pablo VI, pero aprovechó la situación de que yo no podía regresar a mi arzobispado en Hué para obligarme a dimitir y nombrar en mi lugar a su favorito, Monseñor Diên.

Para no relajarme en la ociosidad, pedí hacer servicios en Italia como vicario en una parroquia, lo que no me sería difícil, pues hablo fluidamente el italiano y amo a los italianos. Primero me dirigí a la abadía de Casamari. El muy venerable abad me había conocido cuando acompañé ahí a Monseñor Lê-hûû-Tu, un cisterciense que pertenecía a la misma orden que el de Casamari, una abadía muy antigua, fundada por San Bernardo de Claraval. Me propuso fijar ahí mi residencia. Pasé ahí meses, y estaba contento poder ser ahí el padre confesor de los monjes del monasterio y de los creyentes de la parroquia que dependía de la abadía. Pero tras más de un año tuve que abandonarla sin culpa por mi parte. so fue el comienzo de la última etapa de mi vida, que sólo habría de enumerar fracasos. Fracasos providenciales.

* * *

Como a instigación de los americanos el gobierno nacionalista en Saigón me negaba el visado de entrada en Vietnam, tuve que buscarme en Roma alguna vivienda no demasiado cara. Me pasé por todos los alojamientos para religiosos. En todas partes recibí la mima negativa cordial pero definitiva. Creo que el motivo era mi título episcopal. Estaban convencidos de que me tomaría libertades y daría un mal ejemplo a los estudiantes. „Et sui eum non receperum“, que significa: „pero los suyos no lo recibieron“.

Afortunadamente, un antiguo delegado apostólico en Vietnam, Monseñor Caprio, que había estado bajo mis órdenes en el gobierno de Saigón, por aquel entonces bajo la presidencia de mi hermano Diêm, y que había sido huésped de las hermanas franciscanas durante su estancia en Roma, me señaló este alojamiento. Aproveché la ocasión. La superiora, una luxemburguesa, me acogió e incluso me concedió un descuento en el alquiler: por 50.000 liras al mes tenía derecho a una pequeña habitación y tres comidas al día. Encontré también trabajo apostólico con el párroco de la parroquia colindante: leer la Santa Misa a las 11:00, confesar a los fieles, visitar al mes a unos 100 enfermos impedidos que no podían ir a la iglesia. Dos veces al mes, a eso de las 15:00, hacía mi ronda y les llevaba la Santa Comunión, después de haber escuchado sus confesiones, esto cuando me lo pedían.

Por este servicio, el párroco me daba generosamente 30.000 liras al mes. Así que para el servicio en esta parroquia bastante rica tenía que hallar las 20.000 liras necesarias para completar la pensión de las hermanas. El párroco me explicó que había dado este sueldo a su anterior vicario, que le había abandonado. Yo le señalé que este vicario, además de este suelo, recibía una habitación gratis y tomaba parte fraternamente de las comidas del párroco. Éste contestó que necesitaba la anterior habitación del vicario para sus huéspedes y que sería un honor para él recibirme en las cenas de las fiestas principales del año.

Acepté estas condiciones draconianas, pues estaba contento de hacer este apostolado, y creía que los parroquianos estaban contentos con mi servicio. Me lo habían dicho varias veces, y yo estaba convencido de que, aunque no había encontrado una fuente de riqueza, sí al menos la ocasión de ejercer modestamente mi apostolado sacerdotal.
Después de más de un año estalló de pronto una tormenta. Estábamos en plena canícula. Roma estaba caliente como un horno. Tras la visita a un enfermo estaba empapado de sudor, y quería ducharme. Aunque las hermanas no tenían ninguna ducha, aprovechaban el domingo para tomar un baño caliente con el agua de su cocina. Así que me fui a la casa parroquial, donde siempre había agua caliente para la bañera, que estaba reservada a los vicarios. Pero el párroco me lo prohibió y dijo literalmente: „ya que usted vive con las hermanas, tiene que bañarse ahí, y no en la casa parroquial“. Pero las hermanas sólo tenían un baño los domingos. Fuera de mí por la negativa del párroco, „le arrojé el pañuelo“. Así terminó mi apostolado en Italia, para mayor pesar de los creyentes de la parroquia y, sobre todo, de mis enfermos. Pues la negativa del párroco no era la consecuencia de su avaricia, sino de una cierta envidia, pues se daba cuenta de que sus parroquianos venían a mi confesionario y que un número de sus ovejas lo había abandonado para tomarme a mí como padre confesor.

¿Cómo demostrar eso? Yo tenía la costumbre de ir a la iglesia a meditar y rezar mi breviario, y así estar disponible para los eventuales confesantes. De lo contrario, para ir a confesarse, los fieles tenían que encontrar al sacristán, que no siempre estaba en la iglesia. Y si estaba ahí, tenía que buscar al párroco, que no siempre estaba en la casa parroquial. Pero conmigo, que estaba constantemente en la iglesia, el confesante podía confesarse enseguida y volver después a casa.

Durante el verano, el párroco tomó un mes de vacaciones y me permitió ocupar su confesonario. Aparte de este mes, yo tenía que ocupar mi confesonario que estaba a la entrada de la iglesia, mientras que el del párroco estaba cerca del altar mayor. Una mañana, un sacerdote estaba leyendo la Santa Misa. Iba por el Padrenuestro. Yo estaba escuchando esta misa cuando una señora me habló y me pidió confesarla, pues era el aniversario de la muerte de un pariente suyo. Como se acercaba el momento de la comunión, creí que era más práctico oír su confesión en el confesonario del párroco. Apenas había comenzado la confesión, oí gritos. Me limité a decir: „Quienquiera que sea usted, guarde silencio, porque estoy confesando.“

Apenas había acabado la confesión, vi al salir al párroco, rojo de cólera, que me dijo: „Usted no tiene derecho a ocupar mi confesonario.“ Yo le respondí: „Padre, se lo explico después de la misa, en la sacristía.“ En la sacristía le conté la historia de esta mujer que tenía que confesarse para comulgar en la misa, que iba por el Padrenuestro. De modo que no hubiera recibido la comunión si yo hubiera tenido que confesarla en la parte de atrás de la iglesia.“ El párroco me contestó: „Mala suerte para ella, tendría que haber venido antes a la iglesia. En cualquier caso, usted no tiene derecho a ocupar mi confesonario.“
Nunca antes había visto a un sacerdote con tan poca caridad. El Señor corría detrás de la oveja perdida, mientras que al pastor de la parroquia de los Corazones de Jesús y María le era „del todo igual“. Para él era importante la posesión de su confesonario, aun cuando estuviera ausente de su iglesia. Sin embargo, el motivo para esta intransigencia era que sus ovejas, antes de confesar sus pecados, le contaban los chismorreos de la parroquia. En efecto, cuando, durante las vacaciones del párroco yo estaba en este confesonario, sus confesantes comenzaban muy a menudo su relato, pues creían que en el confesonario estaba el párroco. Yo enseguida se lo reprochaba y les decía que el confesonario está para confesar los pecados propios, y no los del vecino.

Así que fui expulsado de esta parroquia, y en consecuencia tuve que buscarme otra vivienda, pues la hospitalidad pagada que me daban las hermanas sólo era aprovechable para este servicio.

¿Adónde ir ahora? Después de haber reflexionado bien, me acordé de la invitación que en su momento me hizo el muy venerable abad cisterciense de Casamari, de ir a vivir con él a Italia Central, donde podría hacer un poco de bien sin tener que pagar nada, pues esta abadía muy grande sólo tenía 30 monjes, para ocupar unas 100 celdas y, además, unas 30 celdas para los novicios. Pero en aquella época había sólo un único novicio.

Escribí y el abad Buttarazzi me contestó enseguida: repetía su invitación. Me puse de camino con el autobús de Roma a Casamari, en la provincia de Frosinone, y de este modo pasé a ser huésped de la antiquísima abadía, que había sido fundada en la Edad Media por los discípulos de San Bernardo de Claraval, y de la que dependían diversos prioratos dispersos por casi toda Italia. En su momento, la congregación de cistercienses de Casamari contó con cientos de monjes, pero ahora el número de los monjes de esta congregación es bastante reducido. La rama más fructífera es la de Vietnam, con un abad que reside en Thíu-dûé, cerca de Saigón, y cuya jurisdicción se extiende a dos monasterios, que tuvieron que retirarse a Cochinchina para escapar del avance comunista en Vietnam Central.

La congregación cisterciense vietnamita fue fundada por un antiguo misionero de las misión extranjera europea en París, el Padre Denis, que había sido mi profesor en el Seminario Menor de Anninh, quien emprendió esta fundación porque no pudo convencer a los padres traperos de Francia de que emigraran a Vietnam. Por eso en Vietnam es usual que a los cistercienses se los llame, erróneamente, traperos, pues han asumido la vida de penitencia de los traperos, pero están asociados a los cistercienses, que permiten una libertad mayor en la organización de la disciplina monacal en cada monasterio.

El monasterio de Casamari, dirigido por el muy venerable Dom Nivardo Buttarazzi, posee muchos bienes, cientos de hectáreas de campos y bosques. La vida monacal ya no es como la fundó San Bernardo de Claraval. Ésa es la consecuencia del bienestar material que está socavando a las órdenes. Las comidas en Casamari son sencillas, pero abundantes y bien preparadas. Los días de ayuno son muy distantes unos de otros. Además de los rezos principales como las maitines, seguidos de la misa conventual, los monjes van sólo por la tarde a la iglesia de la abadía para cantar las completas, antes de ir a la cama y para unos minutos de recogimiento después de la comida y la cena. Así que, por cuanto respecta a la comida, yo vivía como Dios en Francia.

El Padre abad me alojó en la hospedería, en una habitación bastante espaciosa. En esta casa se encuentran además dos salones, uno para las visitas del abad y otro para las de los monjes. Además hay, aparte de los servicios, cuartos de baño con agua caliente y duchas. La ropa para lavar la recogen las hermanas todos los sábados, ellas se ocupan también de la cocina y viven en una vivienda cerca de la entrada de la abadía. En esta zona, cerca de la entrada principal, está también la tienda donde los monjes venden los famosos licores de la abadía, productos de la destilación de diversas plantas que son cosechadas en varias zonas de Italia y que todos consideran reconstituyentes. La abadía posee además un pensionado, que está anexionado a una escuela de enseñanza secundaria. Ésta la visitan hijos de familias que pagan una pensión apropiada, pero también está abierta a los pequeños postulantes cistercienses, que ahí son atendidos e instruidos gratuitamente. Un gran número de familias de los alrededores de Casamari obtiene beneficio de ello, pero la mayoría de sus hijos abandona el postulado después de la enseñanza secundaria. Por eso el noviciado sólo tenía un novicio.

La orden cisterciense, que comprende más de 10 congregaciones en el mundo, es dirigida por el Padre abad Kleiner Sighard, que tiene un título de abad general, apoyado por el Padre abad Gregorio, procurador y postulador general, un antiguo monje de Casamari con residencia en Roma. Una dirección bastante moderada, sobre todo después del Vaticano II, que redujo las obligaciones monacales al mínimo, motivo por el cual las vocaciones son tan escasas. Pues quienes tienen vocación se dirigen a las órdenes que pudieron mantenerse fieles a su antiguo rigor.

El servicio que yo mismo encontré en Casamari, con aprobación tácita del muy venerable Padre abad, era el de la confesión, primeramente para los monjes que encuentran más agradable confesarse con un extraño que con sus padres confesores, con los que viven juntos desde el postulado. Los sábados y por la mañana antes de la misa, mi confesonario estaba abierto a los parroquianos de Casamari, una parroquia de casi 5.000 almas. Así que tenía suficiente trabajo. Además del tiempo transcurrido en la celda, visitaba la iglesia abandonada de la abadía, para rezar ahí el rosario y adorar a nuestro Señor en Su tabernáculo, la mayoría del tiempo solus cum solo. Pasé más de 15 meses en Casamari como en un paraíso, pero estaba escrito que este hermoso tiempo también habría de enturbiarse y que de pronto me aguardaba una violenta tormenta.

Una vez que por asuntos personales había viajado a Roma, al regresar advertí enseguida que algo había cambiado. El muy venerable Padre abad estaba ausente. Apenas había llegado a mi habitación cuando vi venir al prior –que era confesante mío– con una cara muy triste, y me dijo que tenía que abandonar cuanto antes Casamari y buscarme otro alojamiento.

¿Por qué esta expulsión? El prior me dijo: „El Padre abad ha sido informado de que usted ha denunciado al Vaticano que en la sala de la biblioteca de la abadía se va a inaugurar una exposición de desnudos, y el abad ha sido reprendido por el muy venerable abad Sighard, la autoridad suprema de la orden cisterciense.“ Me acordé de la carta que yo mismo había mandado al abad Sighard, bajo sello de silencio. En esta carta pedía a este abad que informara al Vaticano de que un monje de Casamari, acompañado de un sacerdote italiano, un postulante de este monasterio, escandalizados por la inauguración de esta exposición de desnudos y sobre todo por el catálogo que mostraba estos desnudos, impreso en la abadía y que fue enviado gratis a los parroquianos de la abadía y a los visitantes y que en la primera página, después del nombre del abad, mencionaba mi nombre y mis títulos eclesiásticos, como si fuéramos presidentes de honor de esta singular exposición, me habían informado de esta singular exposición, que podía provocar el asombro del Vaticano.

En mi carta al abad Sighard yo escribía que no sabía absolutamente nada de esta exposición y que nadie había pedido mi aprobación para figurar ahí como copresidente de honor. Así que pedía al abad restablecer la verdad en el Vaticano, pero no dar a conocer esta correspondencia en Casamari. El abad Sighard tuvo la desconsideración de revelar al abad Buttarazzi el contenido de mi carta. De ahí la cólera de Buttarazzi y su decisión de echarme de inmediato de la abadía. Es decir, ninguna sanción para los fomentadores de la exposición escandalosa, sino castigo para mí, el supuesto denunciante de los monjes. El prior me concedió el plazo de un día para recoger mis cosa y hallar un refugio.
Después de una larga reflexión, me acordé de las simpatías hacia mí del obispo de esta región. Así que me dirigí al palacio episcopal y le pregunté si habría alguna capilla con una sacristía, donde pudiera instalar una cama para dormir y una mesa de trabajo, para establecerme ahí. El obispo me contestó que a unos 20 kilómetros de Casamari, sobre una colina, había una hermosa iglesia con casa parroquial donde el párroco no vivía, y que él informaría al párroco de su decisión de concederme estos lugares, indicándole que él seguiría siendo el propietario de la parroquia, pero que debía considerarme sacerdote auxiliar con el permiso de vivir en la casa parroquial vacía y de dar la misa en la iglesia.
Di las gracias al obispo y alquilé una camioneta para llevar mis cosas a la casa parroquial de esta parroquia. El párroco estaba encantado de la decisión de su obispo y sólo se reservó los servicios litúrgicos pagados, como bautizos, bodas, funerales, mientras que los otros servicios quedaban a mi cargo: catequesis, visita de enfermos, misa dominical, etc.

Esta pequeña parroquia llamada Arpino contaba sólo unas 10 familias, que poseían campos de trigo y plantaciones de frutales. Eran, pues, campesinos que tenían algunos animales de carga, un gallinero y un conejal. Gente adinerada. Arpino tiene un pequeño restaurante. La iglesia tiene un sacristán anciano, que es muy simpático. Ciertamente, tenía que arreglármelas para mis necesidades, pero me hacían regalos: leche, huevos, etc.
Ahí pasé días felices con el pequeño rebaño del cual yo era segundo pastor, y creí que Arpino sería mi última residencia en este mundo. Pero el futuro que la providencia me estaba preparando se acercaba con pasos rápidos. Había transcurrido un año y algunos meses: durante esta pausa había conocido a alguna gente, y mi casa parroquial rebullía de regalos: una cocina totalmente nueva, una nevera que conservaba fríos los alimentos que yo compraba cada semana en la ciudad, que también se llamaba Arpino, que estaba a media hora a pie, pero esa distancia se acortaba a algunos minutos cuando mis parroquianos iban a la ciudad en coche y me invitaban a ir con ellos.

En esta ciudad entablé amistad con religiosos y con el arzobispo, que me invitaba a dirigir grandes fiestas, sobre todo la fiesta de la Asunción, una fiesta religiosa a la que seguía una abundante comida festiva. Yo volvía a casa con el honorario de la misa pontifical en el bolsillo. El obispo me invitaba muy a menudo. Cada domingo, todos se peleaban por invitarme a comer. Estas amistades siempre me fueron fieles. Pero se acercaba la tormenta: en la vigilia de Navidad, hacia el mediodía, cuando me disponía a preparar el belén, el primer belén en Arpino: le daba mucha importancia y había sacrificado varios miles de liras para adquirirlo, pues era una atracción única para los niños de mi catequesis. Estos niños agrandaban los ojos y me rodeaban con la boca abierta cuando les mostraba al niño Jesús, a su madre María, a San José, y en un rincón la caravana de los tres reyes Magos, y cuando, poniéndose de puntillas, veían la estrella milagrosa. Era fácil hacerles comprender el inagotable amor de Dios, que por amor a nosotros se hizo un niño pequeño. No era necesario demostrarles la existencia de los ángeles que con la boca del todo abierta entonaban el „Gloria in excelsis“. Estos niños campesinos conocían a los pastores, que se parecían a sus hermanos, a las ovejas que formaban sus pequeños rebaños, a San José, con su pelo blanco, similar al de nuestro anciano sacristán. El belén, un soberbio invento de San Francisco de Asís, es un catecismo viviente y a la medida de los niños. No me dolía mi pequeña fortuna, que estaba destinada a comprar este hermoso belén, cuando un sacerdote a quien había conocido en cierta ocasión en Ecône, en Suiza, vino a mí y me dijo directamente: „Excelencia, la Virgen María me manda para enviarlo de inmediato, a España, a prestarle un servicio. Mi coche esta preparado para usted a la puerta de la casa parroquial, y partiremos enseguida, para estar ahí en Navidad.“

Atónito por esta invitación, le dije: „Si es un servicio que la Virgen María exige, estoy dispuesto a seguirle hasta el fin del mundo, pero tengo que avisar al párroco a causa de la misa de Navidad, y empaquetar mi maleta. Mientras tanto, como pronto será mediodía, vaya usted al restaurante del pueblo y coma algo.“ Me respondió: „Somos tres en el coche y no tenemos ni un penique en el bolsillo, ni siquiera para una taza de café.“ Le contesté: „Vayan ahí los tres, yo pagaré su comida.“ Una comida que me costó 3.000 liras.

Para llegar al Palmar de Troya, gasté 50.000 liras en gasolina y comida. Mientras ellos comían y yo mordisqueaba un trozo de pan, llamé al sacristán y le pedí que avisara al párroco a causa de la misa de Navidad. Le dije que me iba de inmediato a Francia por motivos familiares urgentes y que en dos semanas regresaría de inmediato.

 
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