56. Jahrgang Nr. 3 / Mai 2026
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1. Autobiografía de Monseñor P. M. Ngô-dinh-Thuc - Prologo
2. Autobiografia I
3. Autobiografia II
4. Autobiografia III
5. Autobiografia IV
6. Apendice I - Autobiografia breve
7. Apendice II - Documentos
Apendice I - Autobiografia breve
 
AUTOBIOGRAFIA DE SU
EMINENCIA MONSEÑOR PIERRE MARTIN NGÔ-DINH-THUC


Toulon, 13 de febrero de 1978

„Enséñame, Señor, tus caminos.“

Con el año del Señor 1978 entro en el octogésimo año de mi vida. Por eso me parece momento de lanzar una mirada a mi vida pasada: niñez, juventud, madurez; seminarista, sacerdote, obispo y arzobispo.

Sólo una palabra para describir esta época: ¡éxito! Nacido en una familia católica practicante, me fueron dados todos los ejemplos para la fe, como al pequeño Jesús, en sabiduría ante Dios y ante los hombres. Pero se da una deficiencia por mi parte: mi culpa. En cuanto al intelecto, comencé a esforzarme en las hábiles manos de hermanos de escuelas cristianas. Habría que decir que para mí comenzó expresamente en Hue, pues yo era el número 12 en su registro de alumnos. Nuestro director, el T.C.F. Aglibert Marie, era un educador santo. Otro fue el hermano Neople, que había sido educador del rey Ham-nghi. Había sido expulsado de Francia a Túnez. Había aún otro hermano, un bretón, que era la santidad personificada, siempre rezando el avemaría con su rosario. Allí había también hermanos vietnamitas, sobre todo el muy pío hermano Georges.

También cuando yo me desviaba del camino de la virtud eso era mi grandísima culpa. El éxito en mis estudios se puede explicar muy fácilmente: yo era el primero en todo. Todo me resultaba muy fácil. Mis ejercicios escritos los terminaba en un tiempo brevísimo, y las lecciones me las aprendía en unos minutos: el resto del tiempo me aburría. Por eso, los castigos concernientes a la regla recaían siempre sobre mí. El peor castigo era tener que arrodillarse delante de las letrinas... con la puerta abierta. Aquellas letrinas eran fosas abiertas al cielo pululantes de gusanos... Bajo las rodillas había a veces cortezas de jacquier jalonadas de espinas.

Aquellos castigos, si se los compara con los actuales, eran duros. Pero eran eficientes, y como chaval de seis años yo siempre estaba agradecido a mis maestros. Ellos me abrieron los ojos sobre mi carácter ocioso, propiciado por una facilidad demasiado grande para aprender. El único reproche que hago a mis maestros es que no supieron cómo rellenar el tiempo libre que me quedaba, excepto así: de rodillas ante las letrinas mirando los gusanos.

A la edad de seis años comencé mis lecciones de francés con los buenos hermanos. Con diez años me preparé para la primera comunión. También en esto los queridos hermanos me prepararon bien, explicando el catecismo, de manera que todos, tanto los católicos como los paganos, tenían que aprenderse las preguntas y las respuestas. A primera vista este método parece hoy pasado de moda, pero es eficiente para la vida. Pues es una gracia para la vida que mis compañeros de escuela paganos fueran bautizados, al menos in articulo mortis, en ese momento decisivo para la vida eterna. El catecismo, inscrito a fondo en la memoria del moribundo, le sugería llamar al sacerdote y exigir el bautismo. La memoria es como una biblioteca en la que, con tiempo, se puede hallar la obra correspondiente.

La primera comunión la recibí fervorosamente en la hermosa capilla de los queridos hermanos. En la Santa Mesa estaba rodeado de mi familia. Luego, un año después, recibí la confirmación. Aquí se dio una circunstancia que habría de ser decisiva para mi vida espiritual. En la capilla de los hermanos estaba acompañado de mi padre. Allí vi a un misionero cuyo rostro me recordó a Cristo, y pedí a mi padre que peguntara al misionero si quería ser el padrino de mi bautismo. El muy amigable padre aceptó. Pues bien, él era profesor del Gran Seminario de Hue, y cuando yo ingresé en este seminario, fue uno de mis profesores. Era un sacerdote de una sencillez e inocencia angelicales. (Acabó molido por el hambre y los malos tratos en los bosques a los que lo habían expulsado los comunistas.) Más tarde llegó a ser prior de los cistercienses de la observancia estricta en Phuöc-Son (monte de las bienaventuranzas). Allí lo había enviado el obispo de Hue, Monseñor Joseph Allys, un bretón, para ayudar al padre fundador, el R.P. Denos, un santo, un intelectual –pero por desgracia no dotado de sentido para lo práctico–, y sobre todo a sus religiosos, de los que encima un gran número eran tuberculosos y estaban mal alimentados. El Padre Mendibourne, mi padrino, un hombre práctico, logró proveer a los pocos hombres que tenía de modo justo pero suficiente. Tras la muerte del padre fundador, mi padrino fue nombrado prior. Su cuerpo descansa ahora desde hace diez años en el monasterio cisterciense cofundado en Thu-Due, cerca de Saigón. A este mártir, a quien he de agradecer mi vocación al sacerdocio, tengo que estarle agradecido.
Vocación al sacerdocio: ser pescador de hombres. „Yo soy quien te ha llamado.“ „Todo se ha hecho para vuestra servidumbre.“ De hecho yo no sabía nada de la tarea de un sacerdote. Dos personas decidieron enviarme al pequeño seminario de Anninh en la provincia de Quang-tri: mi padre, que había sido antiguo seminarista, y un sacerdote muy espiritualizado de la misión de Hue. Mi padre le dijo al sacerdote: „De mis numerosos hijos deseo sacrificar al Señor aquel de quien creo que es el mejor, inteligente y superior al promedio. Sobre todo tiene que aprobar su certificado de primaire français. En mi opinión, una vez que haya logrado este certificado tiene que ser enviado al pequeño seminario.“ El Padre Dong –así era su nombre– le respondió: „No, eso le metería ideas mundanas.“

El Padre Dong tenía sus motivos, pues en aquella época con el certificado primaire se podía conseguir un buen puesto en la administración francesa, y un buen sueldo. Mi padre vio que el Padre Dong tenía razón y decidió hablar con nuestro párroco en la parroquia de Phu-Cam, el Padre Allys. (Este habría de ser más tarde vicario apostólico de Hue.) En nuestras misiones no se ingresaba en un seminario sin haber sido presentado por un sacerdote, que era el padre espiritual de uno. Mi padre me mandó por tanto al Padre Allys, para ayudarle en la misa, ocuparme del servicio de la mesa, acompañarle cuando iba a visitar enfermos, o ayudarle cuando administraba otros sacramentos. Mi padre se esforzaba en iniciarme en los fundamentos iniciales del latín eclesiástico, comenzando con „rosa, rosae“. Era un perfecto latinista. En una ocasión, durante la persecución, había estado en el seminario general de la misión extranjera, concretamente en Malasia, en la isla Poulo Pinang, que era un lugar de huida para los seminaristas de la misión extranjera de París, donde japoneses, chinos, siameses y vietnamitas se abrían paso a codazos. Allí sólo se hablaba latín. Uno sólo regresaba a su patria una vez que había terminado los cursos del pequeño o del gran seminario. El candidato cumplía allí su período de prueba como catequista en una parroquia o como maestro en el pequeño o el gran seminario. Después de superar el período de prueba era consagrado. Mi padre pasó su período de prueba en el gran seminario de Hue. No llegó a hacerse sacerdote, y tuvo que ver cómo sus alumnos iban siendo consagrados. Tuvo que permanecer laico, porque Monseñor Caspar, el obispo, un alsaciano, había fijado un número determinado de elegidos y mi padre no estaba incluido. Fue excluido sin motivo en el número de los elegidos. Entonces se empeñó en ser profesor de filosofía en el seminario hasta cumplir los treinta años. Por fin le llamó el director del seminario y le dijo: „Mi pobre hijo, aunque usted se quede aquí hasta cumplir los cien años jamás será consagrado, pues, sin que sea culpa suya, usted no está incluido en la lista de los elegidos de Monseñor Caspar. Pero usted tiene una madre anciana que no tiene ninguna ayuda. Tiene usted que regresar allí para cuidarla en sus últimos días. Aquí tiene usted algo de dinero para el barco que lleva a la gente del seminario a la otra orilla del río „del perfume“.“

Mi padre obedeció, recogió su hatillo y regresó al lado de mi abuela. Entonces fue al párroco de la parroquia de Phu-Cam, el Padre Allys, para pedir ayuda. Este le proporcionó un puesto de traductor (de latín para los oficiales de marina, una circunstancia que abrió Vietnam para la dominación francesa). Gracias a esta circunstancia mi padre tenía algo para vivir, podía alimentar a su madre, pudo casarse y perfeccionar su francés, que él hablaba igual que escribía. Mi padre conservó un profundo agradecimiento al seminario de Hue, y todos aquellos años nos llevó a visitarlo y a darle al Padre ecónomo una determinada cantidad de dinero para ayudar a los seminaristas que ingresaban. A menudo nos decía: „Todo se lo agradezco al seminario: educación, reglas de vida; mi deuda nunca estará pagada.“ Por eso me corresponde a mí pagar el resto de la deuda. A la edad de doce años llegué a Anninh. Llevaba un pequeño paquete de ropa y algunos dulces que mi santa madre me había metido. A sus oraciones y a su amor heroico hacia los pobres he de agradecer mi fidelidad a mi vocación. Por consiguiente, no soy yo quien deseaba ser sacerdote. Jesús me ha elegido y llamado. Me correspondía ser un pescador de hombres y no un ladrón, como El llamó a Judas.

El seminario de Anninh tiene su historia, una historia trágica, pues durante meses fue asediado por los „formados“ y defendido por los seminaristas y los cristianos de la parroquia vecina. El mando del regimiento de la defensa lo formaban los catequistas que dirigían la batalla. Se escaparon al centro del edificio, y tenían tanto miedo que se ensuciaron los pantalones. El seminario pudo defenderse hasta la llegada de una tropa francesa que había llamado un misionero.

Pasé ocho años en este seminario, aunque los estudios los había acabado en cuatro. Pero los profesores creyeron que para reprimir mi comportamiento arrogante tenía que ajustarme a la velocidad de la casa. Con toda certeza mis profesores obraban de buena fe y seguro que tenían razón, un derecho sobrenatural, sin duda, pero la ociosidad impuesta, obligada, sin darme a la vez una indicación de cómo debía pasar con provecho los cuatro años de no hacer nada me acarreó tantos castigos que poco faltó para que me echaran del seminario. Aquel a quien la providencia había escogido para vigilarme y castigarme era un misionero de gran virtud, pero de una facultad de juicio patentemente mediocre. Esta falta de juicio lo había acreditado como incapaz de administrar una parroquia. Los miembros de su parroquia se habían revuelto contra sus extrañas ocurrencias religiosas. Luego el obispo le envió como profesor de último curso al seminario, pues no era especialmente bueno en latín. Había repetido varias veces sus estudios: una vocación tardía. Su falta de juicio lo había excluido del matrimonio: las chicas habían huido de él. Incluso el ejército lo había expulsado, pues en los ejercicios de tiro había disparado varias veces sin pensar, matando con ello a varios compañeros. Por eso a este piadoso marsellés sólo le quedaba una única salida: el seminario, y aquí el seminario de la misión extranjera, que reclutaba a sus miembros de entre las gentes jóvenes y piadosas pero un poco aventureras. Estas eran escogidas para convertir a los pueblos retrógrados, pues aquí se podían cosechar los laureles del martirio o correr aventuras que ya no había en un mundo civilizado.

En nuestra misión de Hue conocí a un buen número de estos aventureros del buen Dios, entre los que brillaba especialmente mi profesor de estos ocho años. El valiente padre se hallaba ante un joven que había hecho sus deberes y se había aprendido la lección en unos minutos, pero que luego trataba de rellenar su tiempo libre con diversiones inocentes, por ejemplo esconder un pequeño gorrión en el pupitre, que hacía ruido cuando el profesor reclinaba ante sus alumnos „rosa, rosae“. Por eso, mi sitio en la clase era por lo general el púlpito, arrodillado ante el padre o fuera de la clase. Fuera de la clase, cuando los seminaristas estaban juntos en la sala de estudios y el padre echaba un vistazo a mi sitio, a mí me sorprendía que justamente yo hubiera de hacer ruido, lo que tenía como consecuencia: Thuc, de rodillas.

Con bastante frecuencia, y más bien de modo imprevisto, la providencia deparó reencuentros entre nosotros dos. De este tipo fue el encuentro entre mi profesor, que llevaba ocho años en el gran seminario de Hue, y yo, que acababa de llegar de las universidades romanas y de la Sorbona. En aquella época a mí me acababan de nombrar profesor de las Sagradas Escrituras. Mi ex-verdugo vivía en el seminario, donde tenía su habitación y su pensión. Todos los días, en calidad de sacerdote de la institución, iba al orfanato que era dirigido por las hermanas de Chartres, a visitar a los pequeños huérfanos. En cuanto a las travesuras en el pequeño seminario de Anninh, cuya separación él había propuesto varias veces, el padre era la bondad en persona. Hasta aquí bien, pero el padre se quejaba de que su antiguo alumno hubiera cambiado, tanto, es más, que fuera aún peor.

Como ya he dicho, este padre era un hombre santo y era confesor de varios grandes seminaristas, a los que llevó a las altas cimas de la santidad y a quienes imponía una curiosa penitencia. En realidad, el pobre padre padecía de hemorroides y tenía que cambiarse a menudo de pantalones. En cierta ocasión, estos indecorosos „asuntos“ suyos los había puesto a secar, de modo poco elegante, sobre dos setos de te que adornaban el majestuoso paseo que llevaba a los visitantes desde las monumentales puertas del gran seminario hasta el edificio en el que vivían los padres. El padre Roux, que era el padre superior, puso sus reparos a esta extraña exposición de pantalones, ampliada a los dos setos, que estaban recortados de igual modo. Esto se lo dijo a sus compatriota sin ningún rodeo. Aquél acató la observación con humildad, y desde entonces secaba sus pantalones ensuciados sobre su amplio reclinatorio, donde los seminaristas que él confesaba se arrodillaban para confesarse y escuchar sus largas y piadosas explicaciones, perfumadas con el poco católico olor de la ropa del padre. Una penitencia añadida que ni aun los más afamados confesores de nuestra Iglesia hubieran podido idear. Discúlpese este largo exordio, que pese a todo sólo subraya la santidad de mi ex-profesor y la paciencia de los penitentes vietnamitas.

En el gran seminario de Hue estudié filosofía tomista bajo la dirección del padre Roux, un sacerdote cuya característica era „buscar con reflexión clara“. Era un buen profesor. Fue para mí uno de los maestros espirituales mandados por la providencia. A este hombre he de darle mi más cordial agradecimiento. A él, que era de una inteligencia sólo mediocre, pero que merced a sus escrúpulos por querer hacer las cosas mejor era un gran hombre. Por primera vez comprendo que Dios desea de todos nosotros que nos hagamos semejantes a él. La confesión no consiste sólo en sacar a la luz los propios errores para aliviarse mediante la absolución, sino la búsqueda del mejor camino para llegar a Dios, para adivinar los obstáculos que obstruyen este camino, los diversos obstáculos según el temperamento de la persona: soberbia, sensualidad, pereza... Dicho con una palabra: los pecados capitales, vencidos los cuales se despeja nuestro ascenso hasta Dios: un trabajo que puede durar toda la vida. Este fomento puede acelerarse con la sobreabundancia de la gracia divina. Respuestas a una nobleza mucho mayor del alma.

El Padre Roux se caracterizaba porque nos daba sus directivas para la vida. Nos ayudaba cargándonos con sacrificios para proporcionarnos la necesaria „letra pequeña“. Por eso he de estar agradecido a este auténtico sacerdote del buen Dios. Entendí lo que tenía que hacer para ser sacerdote: hacerme otro Cristo. Que Dios recompense cien veces a este sacerdote que me mostró la tierra prometida, el ascenso a Dios, el salvador del mundo. Puede ser que este ascenso escarpado esté marcado por reveses, pero ahí está el goal para hacernos conocer que ésa es la esperanza del triunfo.

Aquí me decidí a ir a Roma para terminar mis estudios para sacerdote. ¡Qué predilección del buen Dios! Pero qué sacrificios para mi padre, que, conteniéndose las lágrimas, me acompañó a la estación de Hue sabiendo exactamente que era la última vez que me vería en este mundo. Pero su sacrificio fue aceptado. Aún tuvo tiempo de llegar a saber que yo fui consagrado acólito y al mismo tiempo subdiácono. Pero como sacerdote ya sólo me vio desde el Paraíso. Mis estudios en Roma, desde el punto de vista humano, fueron una serie única de éxitos: conseguí todos los premios. Doctor en filosofía, en teología, en derecho canónigo, con la puntuación „sobresaliente“ o „notable“. Luego el permiso para enseñar en la Sorbona.

En 1927 regresé a Hue. En aquella época fui nombrado profesor de los hermanos vietnamitas, fundados por Monseñor Allys. Luego profesor en el gran seminario, luego director de estudios del Colegio de la divina providencia, desde donde, llamado por el Espíritu Santo, seguí para ocupar la sede del vicariado apostólico de Vinh-long.

Fui el tercer vietnamés llamado al episcopado. El primero fue Monseñor J.B. Nguyen-ba-Tong, un conchinchino, nombrado para Fat-Diem en Tonkin. El segundo, Monseñor Can, mi hermano espiritual y luego hijo espiritual de Monseñor Allys, ocupaba en Vinh-long un vicariado apostólico que se había separado del gran vicariado de Saigón, del cual era obispo el santo Monseñor Dumortier. Fue en 1938. Yo tenía 41 años. Después de haber sido elegido obispo titular de Sesina el 8 de enero de 1938, fui consagrado el 4 de mayo de 1938.

El buen Dios me ayudó en la administración de esta diócesis: para edificar un seminario y para dar a las parroquias su „autosuficiencia“. Surgió una diócesis modélica. Vinhlong ha dado ya a la Iglesia vietnamita dos obispos, y otro obispo fue ordenado últimamente coadjutor. Yo mandé a estos tres obispos a Europa para que hicieran los estudios superiores. Además de la administración de mi diócesis, la Santa Sede y el episcopado me confiaron la fundación y la organización de la Universidad de Dalat. El buen Dios me ayudó. Con el dinero que se había ganado con el sudor de la frente pude construir esta Universidad, aprovechando un bosque aproximadamente a 30 kilómetros de Saigón, y lo hicimos a un ritmo americano. Encontré profesores que estaban tan dotados como los rectores que me reemplazaron. Todo esto eran los presupuestos necesarios para la existencia de esta institución, todo como corresponde a los rectores de las más diversas universidades. Partimos con una cantidad inicial de 2 millones de dólares. Han pasado desde entonces más de 15 años, y esta Universidad es considerada hoy la mejor de Vietnam.

Finalmente, el 25 de noviembre de 1960 me trasladaron a la archidiócesis principal de Hue, ahí donde el 6 de octubre de 1897 vi la luz del mundo. Este viaje, que a los ojos del mundo resultaba brillante, fue detenido por la voluntad del „Papa“ Pablo VI, quien con 73 años me impuso la dimisión para dar la plaza a su hijo, el Monseñor Philippe Nguyen-Kim-Dien. Digo „su hijo“ porque el Monseñor Dien comparte la política oriental del actual „Papa“.

Aquí comenzó mi cruzada, con la que el buen Dios me dio a conocer el punto de inflexión de mi vida.

Deo gratias!
 
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